martes, 30 de noviembre de 2010

Bug = In-sectos

Sin decir agua va (bueno... tras esperar cuatro años...), finalmente Artecinema se dignó a estrenar Bug, el más reciente filme de William Friedkin. Éste ha sido estrenado únicamente en Cineteca Nacional (no se exhibirá en salas comerciales), donde permanecerá hasta la tercera semana de diciembre. Abajo encontrarán un texto que escribí en 2008, para el suplemento El Ángel del diario Reforma, cuando supuestamente estrenarían el filme en México. Con esto intento impulsarlos a que vayan a ver la película, pues se trata de otro gran trabajo de Friedkin y el cual, seguramente, pasará desapercibido en Cineteca Nacional. No se arrepientan después.




Sin duda, resulta interesante observar la evolución… o transición, mejor dicho, que han tenido las carreras de varios autores fogueados en el explosivo, vociferante y dignificante zeitgeist de la década de los 70.

Marcada por violencia explícita y mensajes viscerales, la cinematografía de dicha década abrió un canal de acción que permitió observar una sociedad mundial en franco conflicto con sus convicciones, instituciones y orden social.

Martin Scorsese (Taxi Driver, Mean Streets), Steven Spielberg (Duel), George Romero (Martin, Jack’s Wife), David Cronenberg (Shivers, The Brood), Felipe Cazals (Canoa, El apando), Costa Gravas (Z) y, entre otros, William Friedkin (The French Connection, The Exorcist), son algunos de los autores que de dicho periodo hicieron un fresco revelador de las carencias sociales al momento.

Y hoy, puede resultar estresante ver el declive artístico de un autor como Scorsese (agazapado en producciones multimillonarias, pero carentes de interés y fondo); o tonificante mirar a Romero continuar batallando desde las trincheras de la metáfora zombie gore y el cine independiente.

El caso de William Friedkin, igualmente, es particular, y afortunadamente sobresaliente. Con 75 años a cuestas este realizador, que en distintos puntos de su carrera ha recibido el mote de sátiro por parte de algunos actores – sobrepasados por el rigor de Friedkin–, no ha estado exento de algunos debacles fílmicos; pero estos sólo son algunos baches en una carrera de constantes logros dramáticos.
Friedkin no se instaló en un solo género, y sus inquietudes han sido demasiado crudas para una industria hollywoodense; tal vez por esas razones su filmografía no ha sido tan reverenciada como la de Scorsese o Spielberg, por ejemplo.




Es dentro de esa dinámica de exploración que en los últimos años este realizador ha compartido la dirección fílmica con la escénica, en diversas óperas en Europa (sin olvidar su trabajo para filmes, documentales y seriales televisivos).
Cineasta de ideas marginales, Friedkin continúa alimentado su condición con Bug (In-sectos, 2006), su más reciente filme.

De presupuesto modesto (ofrecido por Lionsgate, productora con varios éxitos debidos precisamente a las ‘posibilidades’ de los bajos presupuestos), Bug continúa la exploración de la paranoia moderna que Friedkin ha abordado en distintas formas. En este caso a partir de la obra de teatro del mismo nombre escrita por Tracy Letts, quien también se encarga del guión fílmico.

El estridente e incómodo discurso del filme provocó, inclusive, que su exhibición pasara casi desapercibida en EU a mediados de 2007, y que en México se estrene hasta finales de 2010. Esto, muy a pesar de que el filme obtuviese en 2006 el premio FIPRESCI, durante la Quincena de Realizadores en el Festival de Cannes.
El paisaje estepario, su calor sofocante, y los estados mentales que esto puede ocasionar cercan un destartalado cuartucho de motel habitado por Agnes (Ashley Judd), quien sobrevive del consumo de drogas y de un trabajo como bartender en un antro lésbico. La esperanza de recuperar un hijo que desapareció y que su golpeador exmarido no regrese, son lo que la mantiene viva.

Ese es el escenario del filme y las mismas condiciones psicológicas de su protagonista: marginada, sucia, sudorosa, entierrada, enferma y, a diferencia de los bichos, frágil y presa de inseguridades.

Entra entonces a escena Peter (Michael Shannon): hombre aparentemente desamparado, llega de la mano de una compañera de trabajo al refugio de Agnes. Los miedos de ella se suman a los de él, se unen y encuentran una fuerza común.

Peter, aparente veterano de la Guerra del Golfo Pérsico, posee una mirada y un diálogo que, poco a poco, manifiestan sus cicatrices internas; y éstas parecen ir más allá de las fronteras psicológicas.




Desea olvidarse de lo que vivió entre las trincheras, pero áfidos implantados en su cuerpo como experimento biológico de guerra no se lo permiten. Los bichos que recorren todos sus músculos, sus dientes, su sangre, por tanto, invaden su sistema nervioso y su cerebro. Así como están presentes en todo su cuerpo, lo están en su mente.

Ya Sammuel Beckett se encargó de cobijarnos con la paranoia ordinaria de nuestro tiempo, en espacios cerrados como nuestro inconsciente y el escenario de Bug. Pero en este caso, Letts parece deberle más a Roman Polanski.

En Repulsion (1975) vimos cómo el personaje interpretado por Catherine Deneuve era presa de una realidad alterna, enconada en su esquizofrenia. No obstante, es con Trelkovsky, interpretado por el propio Polanski en Le Locataire (1976) donde una de las psicosis filmadas de la manera más extraordinaria nos pega a todos. Trelkovsky no sólo es el extraño en el lugar incorrecto (un polaco en Francia), ante todo se trata de un individuo que se descubre distinto a su entorno y quien, entonces, comienza a ver una amenaza en todos. Trelkovsky cree ser el blanco de un complot diabólico (e, igualmente, la obra original en la que se basa el filme de Polanski es obra de otro gran artista existencialista: Roland Topor).

En Bug, Peter es el ser cuya percepción lo lleva a vivir un complot en su contra por parte del gobierno y la humanidad misma. Pero la partida de locura es doble cuando esos bichos que carga los comparte con Agnes, y es entonces que la pantalla de cine se convierte en un cuarto acolchonado (aunque, en este caso, forrado de papel metalizado para evitar que cualquier información sea robada).
Friedkin hace que esa paranoia fluya más allá de los cuatro ángulos de la pantalla de cine. La invisible, pero respetable, cuarta pared cae ante el hervidero de bichos neuronales que Judd y Shannon combaten durante el metraje hasta terrenos realmente estridentes, que los deja desnudos y visiblemente exhaustos.

Creemos saber que se trata de una muestra más de paranoía conspiratoria, pero Friedkin no nos está dando el caramelo Made in Hollywood. Y tampoco lo ha hecho cuando de diablos, traficantes, asesinos en serie y falsificadores nos ha hablado.
Tal vez los que estamos viviendo una ilusión somos los que estamos del otro lado de la pantalla.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Me declaro degustador de cine en 35 mm.


El último fin de semana de octubre de 2010, se llevó a cabo Masacre en Xoco: 1a Jornada de Cine de Horror en Cineteca Nacional, del viernes 29 de octubre y hasta el lunes 1 de noviembre. En éste se realizaron celebraciones, homenajes, y concluyó con un magno maratón compuesto por seis filmes ya clásicos, en copias en 35 mm. que resultaron estar en muy buen estado.

Una pena para aquellos que por distancia o cuestiones laborales no pudieron asistir; pero qué lástima que muchos hayan dejado de asistir por apatía, pues realmente fue todo un suceso: disfrutar en cine filmes poderosos como Il gatto a nove code (El gato de las nueve colas, Dario Argento, 1971), Sisters (Siamesas diabólicas, Brian De Palma, 1973), Salem's Lot (La hora del vampiro, Tobe Hooper, 1979), Darkman (Darkman, el rostro de la venganza, 1990), Terror y encajes negros (Luiz Alcoriza, 1984) y The Evil Dead (El despertar del Diablo, Sam Raimi, 1979-1982) es algo inenarrable. Se trata de filmes que prácticamente permanecían desconocidos en cine desde su estreno, y que demuestran mayor fuerza entre el butaquerío y las tinieblas: mirar la pantalla dividida de Brian De Palma, observar el cuerpo perfecto de Maribel Guardia en la pantalla monumental o la sangre, vómitos y demás viscosidades multicolores vertidas en The Evil Dead sobre la pantalla platinada no tiene precio.

El siguiente es un texto que originalmente escribí para el número 11 de la revista Toma (y que fue intercambiado por otro nuevo que hice, y que se centraba un poco más en las alternativas de proyección y distribución actuales de cine), y que se presta un poco para la discusión acerca del rescate y de las trascendencia del cine en 35 mm. (cuando parece que las generaciones más jóvenes le han perdido el respeto, y contagiando a otras no tan jóvenes), a propósito de dicho maratón en el que, por cierto, asistieron cerca de 1000 personas durantes las seis funciones.


Recuerdo que hace 30 años inició el tortuoso y polémico errar de la piratería audiovisual en el país. No existía el cine digital, las computadoras aun eran chimoltretas de ciencia ficción fílmica o armatostes de laboratorios universitarios, el CD (Compact Disc) aun era parte de un futuro desconocido y, bueno… hasta los videocasetes formato Beta eran una anomalía en el mercado, conocidos sólo por algunos pocos individuos con el dinero suficiente para adquirir en el extranjero los entonces muy costosos reproductores de videocasete.


Recuerdo que la piratería que inició toda esta revolución fue la de audiocasetes, un formato que vino a darle una dura batalla al vinilo y que alcanzó importantes niveles de fidelidad sonora, hasta antes de que la comodidad y la alucinación digital del CD pegara con fuerza.


Por 1980, Tepito y anexas comenzaron a forrarse con una importante oferta de audiocasetes piratas. De chasis blanco o transparente, inicialmente membretados tan sólo con un plumón de tinta azul o negra, en principio sin cajas y portadas, la industria de la piratería fue un tanto lenta en este inicio comparada a los niveles de hoy día. Tuvieron que pasar años (poco más de cinco) para que la piratería de audiocasetes alcanzara un nivel de calidad y reproducción sobresaliente, tanto en la grabación como en su presentación. Pero el pecado estaba ya cometido y, por tanto, el miedo se había perdido.


No fue entonces sólo el ánimo por pecar, allí estaba la promesa de un nuevo negocio fundamentado en la necesidad de ayuda del golpeado ciudadano para obtener entretenimiento por debajo del costo de las reproducciones originales. Si la canasta básica estaba por las nubes (ante la canina defensa del peso y lo que le siguió), cualquier tipo de entretenimiento era cosa de otros mundos para un sector importante de la sociedad. De ahí la alternativa de la piratería, que igualmente demostró lo inflado de los supuestos costes de producción de la industria audiovisual.

A mediados de los años 80, el contenido audivosual vía el videocasete vino a trastocar de manera bestial la forma de hacer, ver y distribuir cine, así como otros contenidos audiovisuales. Hasta antes de la aparición de las reproductoras de videocasete, el discriminado cinéfilo mexicano (como prácticamente el del resto del mundo) contaba tan sólo con el gusto de los distribuidores y la anuencia de RTC como factores absolutos de lo que sus ojos estaban condenados a degustar. El único placebo lo ofrecían medianamente los cineclubes, donde con cierto orden se proyectaba algo que en nada tenía que ver con la seguridad comercial o bien, algo de archivo y nostalgia que nunca pierde importancia ni pasa de moda.


Si bien, durante prácticamente toda la década de los 80, el costo de la copia original de una película en formato Beta o VHS era realmente alto (en Estados Unidos iban desde 14 hasta 90 dólares los precios de lista; mientras que en México no existía un mercado de venta de originales, sólo de renta, y cuando llegaban a comercializarse se iban a los 1000 o 1500 pesos de los viejos), las posibilidades que comenzaron a ofrecerse a través de los videoclubes, de la importación o el mismo copiado de películas entre amigos, disparó de forma inesperada, incalculable e inimaginable la exposición al cine internacional de todos los tiempos.


La oferta en los videoclubes era, de repente, una biblioteca de cine al alcance de la mano, inexistente durante prácticamente un siglo de historia del cine. Y esto se disparó de forma exponencial con la posibilidad del copiado a partir de originales de videoclub o adquiridos en el extranjero (los candados electrónicos nunca fueron real impedimento). Así, comenzó por no faltar el vecino que en su casa guardaba una videoteca que funcionaba como videoclub informal, a la par del crecimiento desmedido de los puestos de venta de videocasetes piratas en las calles del país, teniendo como centro neurálgico de la propagación a Tepito.


Hay que recordar, igualmente, que en aquella naciente historia de la edición de cine en videocasetes, en México figuraban fuertemente tres compañías (sin olvidar, por supuesto, otras empresas más pequeñas, pero que respondían a diversas necesidades del cinéfilo, como Macondo, encargada de traer filmes para el espectador educado en cineclub, como El peso de los sueños o Vampiros en La Habana; o compañías como Ofer Video, Video Universal o Video Azteca que subtituló joyas del cine de explotación, como El placer del miedo, Hellraiser o El asesino de la canasta): Videovisa, Videomax y Omnivideo. La primera, a pesar de ser la más fuerte en aquella época (siendo empresa de Televisa), no soportó la transición global que sufrió la industria del entretenimiento al inicio de este siglo (primero con la emancipación de la distribuidoras, y luego con la coalición de las mismas) y desapareció; la segunda continúa hoy día sobresaliendo, pues se trata de una empresa que entiende el mercado nacional desde hace años, como filial de la distribuidora de cine Artecinema; finalmente, Omnivideo se trata de un caso especial, pues fue una compañía californiana que, a pesar de que supo penetrar en el mercado nacional (mucho del cual fue el comercio informal), cayo cuando la competencia con Videovisa se intensificó, y salió a la luz su aparente naturaleza fuera de la Ley…

El caos región 0

En este contexto de Babel, en el que igualmente se produjo un nuevo cinéfilo acostumbrado a conseguir lo inconseguible (por la importación común o a través de exóticas localizadoras de cine extrañísimo como Video Search of Miami) y a desarrollar un paladar dispuesto a degustar experiencias extrañas, difícilmente vistas en la pantalla grande mexicana, es que con los años 90 del pasado siglo comienzan a surgir los maratones cinematográficos en lugares non santos (es decir, fuera del circuito comercial de cine y que, de hecho, no se trataba de salas de cine), retomando tanto el espíritu subversivo de la escena de las Midnight Movies neoyorquinas en los años 70, como el surgimiento del medio mismo un siglo atrás como espectáculo de barraca, casi clandestino y en condiciones no óptimas... sólo que ahora posible gracias a la docilidad y naturaleza ubicua del videocasete, y después aún más del DVD.


Aunque es importante recalcar que los maratones arrancan como parte del Cine Club de la Facultad de Ciencias de la UNAM, en su Auditorio Alberto Barajas Celis (seguido por otros, como los organizados por Jorge Grajales en el Auditorio José Martí), la legión que le sigue acepta e interviene cualquier espacio dispuesto para convertirlo en sala de cine de arte, cine subversivo y hasta XXX, al mismo tiempo.


Lugares como La Panadería, el cineclub del Hotel Virreyes o los Maratones Cinematográficos en Ex Teresa Arte Actual (organizados por Salvador Cañas), nos hablan de una búsqueda constante de información por parte de los espectadores, dispuestos a cobijar todo tipo de espacio, zona y reverberaciones, mientras la experiencia tenga que ver con el cine marginado por la sociedad, las distribuidoras, las cadenas de cine y las autoridades culturales.


Tomemos como ejemplo ExTeresa Arte Actual, museo que se erige dentro del convento de Santa Teresa la Antigua y monasterio de San José de las Carmelitas Descalzas, construido en 1616 (y que, tras la enclaustración de las monjas en 1863, por ordenes de Benito Juárez, el lugar ha sido usado como cuartel militar, escuela normal para hombres, Universidad de Vasconcelos, imprenta del Diario Oficial y Archivo de la Secretaria de Hacienda, y desde 1983 museo Ex Teresa), en el número 8 de Primo Verdad, en el Centro Histórico de la Capital mexicana.


Con fachada estilo barroco e interiores neoclásicos, la magnitud del lugar mete en un estado especial a sus visitantes (y que es el objetivo final de las iglesias y conventos, a partir de la suma de su arquitectura, luz, sonido y olores). Fue en la capilla del convento donde, durante cerca de 5 años, se realizaron de manera constante maratones que comenzaban en la noche y finalizaban con la llegada del siguiente día. Allí, donde alguna vez se impartió misa, se resguardó armamento o donde el artista del performance Ron Athey y compañeros fueron desangrados en escena, también se proyectaron imágenes crueles, sublimes y/o bellas originadas en celuloide. La vigilia, así, devino ahí en un acto cuasi sagrado de concentración múltiple, en el que la absorción de lo reproducido por el cañón de video en pantalla y la percepción de las reverberaciones arquitectónicas sagradas crearon un misticismo nuevo. El amanecer a través de la cúpula del convento (con el Dios cristiano levitando entre una comitiva sagrada) mientras se expectaba cine (desde La brujería a través de los siglos hasta El cuarto elemento) trastoca el concepto de lo sagrado, y crea nuevos valores, sin duda.


Así, hoy llegamos a una exposición cinematográfica en la que cada cinéfilo y cinéfago parece hacer su propia programación, según sus capacidades, intereses y conocimientos. Los cineclubes parece que han sido agotados por las posibilidades libérrimas del caos en DVD Región 0, y lo que vendrá con el Blu-ray, así como las estratagemas que la piratería esté ideando.


Hoy día, parece que el único impedimento para ver cine es la misma pantalla de cine, pues prácticamente todo puede conseguirse en DVD. Los paganos no tienen problema alguno, pero aquellos que aun cumplimos con la ceremonia de la sala de cine seguimos conociendo el dolor y la incertidumbre.





viernes, 15 de octubre de 2010

Masacre en Xoco: 1a Jornada de Cine de Horror en Cineteca Nacional


Masacre en Xoco
1ª Jornada de cine de horror en Cineteca Nacional




Durante el último fin de semana de octubre de 2010, y hasta el primer día del mes de noviembre, se realizará la 1a Jornada de Cine de Horror en Cineteca Nacional, que estará compuesta por una muy sabrosa exhibición de clásicos de varias épocas en 35 mm., además de un grupo de mesas redondas en las que coincidirán periodistas y profesionales del genero en México.
A continuación el texto de presentación de dicho evento, seguido de la programación. ¡Por nada se lo pierdan!

Hace cien años once minutos en pantalla definieron el nacimiento de uno de los géneros que marcarían al todavía incipiente arte de las imágenes en movimiento. Se trataba de una adaptación al Frankenstein literario, producido por Thomas Alva Edison y dirigida por J. Searle Dawley. Estrenada el 18 de marzo de 1910, abría las puertas a futuras imágenes de pesadilla que a la postre se anidarían en el inconsciente colectivo de los espectadores, quienes enfrentados a sus más primigenios miedos en la pantalla, como una forma también de exorcizarlos, le dieron legitimidad al cine de horror.

Dentro del cine de miedo se han creado importantes críticas y cuestionamientos a la sociedad y sus momentos históricos. El cine de horror a diferencia de otros géneros que tienen periodos de altibajos –modas que se imponen a partir de un título de ruptura o renovación– siempre se ha mantenido constante, tanto en producción como en exhibición, inclusive en ganancias (pues es bien sabido que un filme de género siempre es redituable, como lo dejó constatado Roger Corman en su célebre texto sobre cómo produjo cien filmes sin perder jamás un sólo dólar).

Eso nos lleva al punto medular que ha sostenido al cine de terror durante un siglo: un público fiel que de ser un simple espectador ocasional, se ha convertido, con el paso de los años, en visor especialista que ha desarrollado un gusto y conocimiento no sólo por los títulos de las películas clave de la historia de éste género, sino también por los nombres de los propios autores del género.

Para muestra basta con revisar los universos personales de los consagrados Raimi, Cronenberg, Argento, Carpenter, Romero, Craven, entre muchos otros; así como la de los emergentes, como Alexandre Aja, Neil Marshall, Takashi Shimizu o Jaume Balagueró, que pueden o no gustarle al público, aunque es innegable que han venido a sumar al ejército de “terroríficos”, nuevas generaciones de fans que no dejarán que el cine de terror se olvide, o peor aún, se convierta en subproducto de modas perecederas.

Así, celebrando un siglo de pesadillas y placeres (inaugurado con aquel Frankenstein), y que casi ha pasado de noche durante este año, Cineteca Nacional ha organizado un festejo durante cuatro días en el se pagará tributo a Germán Robles, a H. P. Lovecraft y a un género fílmico vital, con mesas redondas y, por supuesto, proyección en 35 milímetros de clásicos pertenecientes al acervo, para culminar con un maratón cinematográfico, algo inédito en esta institución.

Desde hace 8 años, Cineteca Nacional ha abierto sus puertas al género recibiendo al festival Macabro. No obstante, desde hace 23 años, cuando durante septiembre y octubre de 1987 se proyectó el ciclo El horror al estilo Gore, en Cineteca Nacional no se había realizado un proyecto interno que buscara ofrecer tributo a los monstruos de látex y a la sangre teatrical. El siglo XXI exige cambios, y es tal vez en la víspera de Día de Muertos que éste debe darse.

Mauricio Matamoros Durán / José Luis Ortega Torres


VIERNES 29 de octubre

El barón del terror
(Chano Urueta, México, 1962)
16:00 horas

Mesa redonda Homenaje a Germán Robles
18:00 horas

Rapiña
(Carlos Enrique Taboada, México, 1973)
20:00 horas


SÁBADO 30 de octubre

Mesa redonda Un siglo de horror. 1910 – 2010.

Los ponentes serán los críticos e investigadores José Antonio Valdés Peña y Rafael Aviña, acompañados por el cineasta mexicano Juan Pablo Villaseñor, teniendo como moderador al periodista Mauricio Matamoros e ilustrando con la exhibición de los filmes Edison’s Frankenstein y Frankenstein, de James Whale.
14:00 horas

Frankenstein

(James Whale, Estados Unidos, 1931)
16:00 horas


Mesa redonda Muerto el rey… ¡Qué viva el rey!

Para hablar del tema los periodistas José Xavier Navar, José Luis Durán King, el especialista underground Jorge Grajales y como moderador al investigador José Luis Ortega Torres, con la proyección del filme El descenso, de Neil Marshall.
18:00 horas

El descenso
(Neil Marshall, Gran Bretaña, 2005)
20:00 horas


DOMINGO 31 de octubre

Mesa redonda 120 años de horror cósmico.
Como ponentes los escritores y ensayistas mexicanos Alberto Chimal y José Luis Zárate, acompañados del biólogo Rodrigo Vidal Tamayo, coeditor del sitio web de Revista Cinefagia, y Mauricio Matamoros como moderador. Se exhibirá el filme Marebito, de Takashi Shimizu.
14:00 horas

Marebito
(Takashi Shimizu, Japón, 2004)
16:00 horas


Mesa redonda Perspectivas del cine de terror mexicano contemporáneo.

Con la participación de Jorge Michel Grau (Somos lo que hay), Ulises Guzmán (Virgen de medianoche, Retrato de un vampiro), Julio César Estrada (Cañitas, El libro de piedra) y el especialista en efectos especiales Roberto Ortiz (Km. 31, Bajo la sal), con la moderación de José Luis Ortega Torres y la exhibición del filme Un lugar en el sol, de Arturo Velasco.
18:00 horas

Un lugar en el sol
(Arturo Velasco, México, 1988)
20:00 horas


LUNES 1º de noviembre

MARATÓN DE CINE DE HORROR

El gato de las nueve colas
(Dario Argento, Italia-RFA, 1971)
10:00 horas

Siamesas diabólicas
(Brian De Palma, Estados Unidos, 1973)
12:00 horas

La hora del vampiro
(Tobe Hooper, Estados Unidos, 1979)
14:00 horas

Darkman. El rostro de la venganza
(Sam Raimi, Estados Unidos, 1990)
16:00 horas

Terror y encajes negros
(Luis Alcoriza, México, 1984)
18:00 horas

El despertar del Diablo
(Sam Raimi, Estados Unidos, 1981)
20:00 horas



miércoles, 15 de septiembre de 2010

Micmacs: Un plan de locos

A veces, para celebrar la vida, hay que hablar de lo malo de ella. Jean Pierre Jeunet no tiene problema en hacerlo, sobre todo cuando todos sus discursos terminan haciéndonos disfrutar, por muchas miserias que lleguen a colarse.

Micmacs: A tire-larigot (Micmacs: Un plan de locos, 2009) es la prueba más reciente de esto. En ella, de entrada el autor romantiza y embauca al espectador con Bazil, un protagonista que es encargado de un videoclub, enamorado del cine que recita los diálogos de los personajes de sus filmes favoritos mientras los ve en DVD y se receta una sobredosis de azúcar. Pero su rito es interrumpido cuando una balacera parece salir de la pantalla y se instala afuera del videoclub: de ésta, surge una bala que se aloja en el cráneo de este cinéfilo, para darle una vuelta de tuerca al relato.

Meses después, con su bala en la cabeza (una decisión un tanto azarosa de parte de los cirujanos que lo atendieron), encuentra que su trabajo ya no le pertenece y, por tanto, la única posibilidad parece ser la indigencia. Ahí, entonces, se constituye el personaje prototípico en la filmografía de este realizador francés: un individuo minimizado por el establishment, y quien a pesar de esto saldrá avante.

En su miseria económica y peculiaridad humana (además de su cascabel en el cráneo, se trata de un individuo con peculiar capacidad estratégica, así como para la comunicación a señas), se encuentra con una banda de outsiders que sobreviven con base en el trabajo en equipo, uniendo conocimientos y destrezas peculiarísimas. En ese trance, Bazil recuerda que fue una bala la que lo dejó sin padre, y ha sido una bala la que lo ha arrojado a la calle: ha encontrado entonces un sentido a su nueva vida.

Así, Jeunet inicia un intenso y singular alegato en contra de las armas y la vida que la presencia absoluta de éstas nos ha legado. El filme es un complejísimo y deslumbrante plan maestro para desmantelar el imperio de dos fabricantes de armamento, por supuesto, con base en una barroca forma de pensar y, por ende, de construir las imágenes sobre la pantalla.

Este filme, ha sido estrenado en un reducido número de pantallas de cine del país desde la semana pasada, por lo que desafortunadamente no se le augura mucho tiempo más en ellas. Ojalá se animen a verla, y aprovechando aquí les dejó algo que escribí sobre Jeunet para la revista Cinemanía, hace ya varios meses.




Marginales fueron, tal vez podemos aventurar a decir, las propuestas cinematográficas más indelebles, originales, audaces e impactantes a fines del siglo XX. No se habla comúnmente de una generación cinematográfica de los años 90 del pasado siglo con marcada insistencia; no obstante, autores como John Woo, Quentin Tarantino, Guillermo del Toro, Robert Rodríguez, Álex de la Iglesia, Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro, propusieron la subversión de los cánones cinematográficos como placebo a la transición finisecular, en aquel momento y a pesar de la variedad en sus edades. Todos en sus peculiares intereses y voz autoral, aunque unidos por ideas que en otras ocasiones pudieron parecer pedestres.

Hoy, todos los autores mencionados gozan de cabal vigor artístico, y son vistos ya como los maestros a seguir… habrá que ver si pronto aparece ya una generación de autores emergentes con propuestas renovadoras. Por lo pronto, estos autores continúan proponiendo e impactando.

Como parte de los modernos renovadores del séptimo arte a partir de la subversión, desde niño Jean-Pierre Jeunet deseó hacer cine. Aunque con estudios en animación (donde conoció a Marc Caro) nunca cursó estudios formales de cine, se interesó por historias de personajes marginados, los presupuestos cuasi indigentes nunca fueron obstáculo para desarrollar sus ideas (obviamente, hoy día, sus filmes han costado millones de dólares y euros), creó un cine fantástico alejado del realismo francés –esto último común a la cinematografía de su país natal- y, con excepción de la obra de Francois Truffaut, no gusta de la Nouvelle vague... nada le falta para ser un outsider.



Aunque Jeunet militó en el terreno de lo fantástico y la imaginación francesa desde finales de los años 70 del pasado siglo (bueno, incluso su primer cortometraje, L’évasion, está fechado en 1978), durante la siguiente década es cuando comenzó a ensayar de manera más profesional con la cámara creando diversos comerciales, y construyendo historias en celuloide que a él y a su entonces inseparable colaborador Marc Caro les ganó una buena cantidad de premios en Francia y en festivales alrededor del mundo.

Estos cortometrajes sobresalían por el esfuerzo conjunto de una dupla de artistas talentosos y arrojados. La ciencia ficción distópica a través de visiones urbanas en mundos paralelos, cargados de detalle en los escenarios y el mismo ecosistema encantaba al espectador y mostraban un discurso autoral muy claro, con títulos como L’évasion y Le menège (1980), ambos animados; y otros como Le bunker de la dernière rafale (1981) y Pas de repos poru Billy Brako (1984).

Ahí estaban ya las claves de un filme seminal de la paranoia actual: Delicatessen (1991). Pero un par de años antes, en 1989 y en solitario, Jeunet se abocó a realizar Fouitaises, corto de poco más de 6 minutos en el que vemos su primer encuentro con Dominque Pinon, actor de inolvidable rostro popeyesco y arcilla del realizador. Esta obra es una especie de acta constitutiva en la que a través del actor, Jeunet crea un mundo y una posición ante la vida y el arte a partir de la simple y a la vez elocuente enumeración audiovisual de lo que gusta y no gusta de la vida.

Visto desde esa dicotomía, la vida en manos de Jeunet puede convertirse en materia para el canto y el llanto, algo de lo que hablará en la mundialmente célebre Amelié, un filme que celebra la vida como pocos.

Jean-Pierre Jeunet ha venido a trastocar el orden del cine desde hace un par de décadas. Aunque criticado en ocasiones por tergiversar la realidad con sus idílicos o pesadillescos escenarios, agradecemos, sin duda, su aplomo para proponernos una vida mejor que la vida misma.