viernes, 5 de noviembre de 2010

Me declaro degustador de cine en 35 mm.


El último fin de semana de octubre de 2010, se llevó a cabo Masacre en Xoco: 1a Jornada de Cine de Horror en Cineteca Nacional, del viernes 29 de octubre y hasta el lunes 1 de noviembre. En éste se realizaron celebraciones, homenajes, y concluyó con un magno maratón compuesto por seis filmes ya clásicos, en copias en 35 mm. que resultaron estar en muy buen estado.

Una pena para aquellos que por distancia o cuestiones laborales no pudieron asistir; pero qué lástima que muchos hayan dejado de asistir por apatía, pues realmente fue todo un suceso: disfrutar en cine filmes poderosos como Il gatto a nove code (El gato de las nueve colas, Dario Argento, 1971), Sisters (Siamesas diabólicas, Brian De Palma, 1973), Salem's Lot (La hora del vampiro, Tobe Hooper, 1979), Darkman (Darkman, el rostro de la venganza, 1990), Terror y encajes negros (Luiz Alcoriza, 1984) y The Evil Dead (El despertar del Diablo, Sam Raimi, 1979-1982) es algo inenarrable. Se trata de filmes que prácticamente permanecían desconocidos en cine desde su estreno, y que demuestran mayor fuerza entre el butaquerío y las tinieblas: mirar la pantalla dividida de Brian De Palma, observar el cuerpo perfecto de Maribel Guardia en la pantalla monumental o la sangre, vómitos y demás viscosidades multicolores vertidas en The Evil Dead sobre la pantalla platinada no tiene precio.

El siguiente es un texto que originalmente escribí para el número 11 de la revista Toma (y que fue intercambiado por otro nuevo que hice, y que se centraba un poco más en las alternativas de proyección y distribución actuales de cine), y que se presta un poco para la discusión acerca del rescate y de las trascendencia del cine en 35 mm. (cuando parece que las generaciones más jóvenes le han perdido el respeto, y contagiando a otras no tan jóvenes), a propósito de dicho maratón en el que, por cierto, asistieron cerca de 1000 personas durantes las seis funciones.


Recuerdo que hace 30 años inició el tortuoso y polémico errar de la piratería audiovisual en el país. No existía el cine digital, las computadoras aun eran chimoltretas de ciencia ficción fílmica o armatostes de laboratorios universitarios, el CD (Compact Disc) aun era parte de un futuro desconocido y, bueno… hasta los videocasetes formato Beta eran una anomalía en el mercado, conocidos sólo por algunos pocos individuos con el dinero suficiente para adquirir en el extranjero los entonces muy costosos reproductores de videocasete.


Recuerdo que la piratería que inició toda esta revolución fue la de audiocasetes, un formato que vino a darle una dura batalla al vinilo y que alcanzó importantes niveles de fidelidad sonora, hasta antes de que la comodidad y la alucinación digital del CD pegara con fuerza.


Por 1980, Tepito y anexas comenzaron a forrarse con una importante oferta de audiocasetes piratas. De chasis blanco o transparente, inicialmente membretados tan sólo con un plumón de tinta azul o negra, en principio sin cajas y portadas, la industria de la piratería fue un tanto lenta en este inicio comparada a los niveles de hoy día. Tuvieron que pasar años (poco más de cinco) para que la piratería de audiocasetes alcanzara un nivel de calidad y reproducción sobresaliente, tanto en la grabación como en su presentación. Pero el pecado estaba ya cometido y, por tanto, el miedo se había perdido.


No fue entonces sólo el ánimo por pecar, allí estaba la promesa de un nuevo negocio fundamentado en la necesidad de ayuda del golpeado ciudadano para obtener entretenimiento por debajo del costo de las reproducciones originales. Si la canasta básica estaba por las nubes (ante la canina defensa del peso y lo que le siguió), cualquier tipo de entretenimiento era cosa de otros mundos para un sector importante de la sociedad. De ahí la alternativa de la piratería, que igualmente demostró lo inflado de los supuestos costes de producción de la industria audiovisual.

A mediados de los años 80, el contenido audivosual vía el videocasete vino a trastocar de manera bestial la forma de hacer, ver y distribuir cine, así como otros contenidos audiovisuales. Hasta antes de la aparición de las reproductoras de videocasete, el discriminado cinéfilo mexicano (como prácticamente el del resto del mundo) contaba tan sólo con el gusto de los distribuidores y la anuencia de RTC como factores absolutos de lo que sus ojos estaban condenados a degustar. El único placebo lo ofrecían medianamente los cineclubes, donde con cierto orden se proyectaba algo que en nada tenía que ver con la seguridad comercial o bien, algo de archivo y nostalgia que nunca pierde importancia ni pasa de moda.


Si bien, durante prácticamente toda la década de los 80, el costo de la copia original de una película en formato Beta o VHS era realmente alto (en Estados Unidos iban desde 14 hasta 90 dólares los precios de lista; mientras que en México no existía un mercado de venta de originales, sólo de renta, y cuando llegaban a comercializarse se iban a los 1000 o 1500 pesos de los viejos), las posibilidades que comenzaron a ofrecerse a través de los videoclubes, de la importación o el mismo copiado de películas entre amigos, disparó de forma inesperada, incalculable e inimaginable la exposición al cine internacional de todos los tiempos.


La oferta en los videoclubes era, de repente, una biblioteca de cine al alcance de la mano, inexistente durante prácticamente un siglo de historia del cine. Y esto se disparó de forma exponencial con la posibilidad del copiado a partir de originales de videoclub o adquiridos en el extranjero (los candados electrónicos nunca fueron real impedimento). Así, comenzó por no faltar el vecino que en su casa guardaba una videoteca que funcionaba como videoclub informal, a la par del crecimiento desmedido de los puestos de venta de videocasetes piratas en las calles del país, teniendo como centro neurálgico de la propagación a Tepito.


Hay que recordar, igualmente, que en aquella naciente historia de la edición de cine en videocasetes, en México figuraban fuertemente tres compañías (sin olvidar, por supuesto, otras empresas más pequeñas, pero que respondían a diversas necesidades del cinéfilo, como Macondo, encargada de traer filmes para el espectador educado en cineclub, como El peso de los sueños o Vampiros en La Habana; o compañías como Ofer Video, Video Universal o Video Azteca que subtituló joyas del cine de explotación, como El placer del miedo, Hellraiser o El asesino de la canasta): Videovisa, Videomax y Omnivideo. La primera, a pesar de ser la más fuerte en aquella época (siendo empresa de Televisa), no soportó la transición global que sufrió la industria del entretenimiento al inicio de este siglo (primero con la emancipación de la distribuidoras, y luego con la coalición de las mismas) y desapareció; la segunda continúa hoy día sobresaliendo, pues se trata de una empresa que entiende el mercado nacional desde hace años, como filial de la distribuidora de cine Artecinema; finalmente, Omnivideo se trata de un caso especial, pues fue una compañía californiana que, a pesar de que supo penetrar en el mercado nacional (mucho del cual fue el comercio informal), cayo cuando la competencia con Videovisa se intensificó, y salió a la luz su aparente naturaleza fuera de la Ley…

El caos región 0

En este contexto de Babel, en el que igualmente se produjo un nuevo cinéfilo acostumbrado a conseguir lo inconseguible (por la importación común o a través de exóticas localizadoras de cine extrañísimo como Video Search of Miami) y a desarrollar un paladar dispuesto a degustar experiencias extrañas, difícilmente vistas en la pantalla grande mexicana, es que con los años 90 del pasado siglo comienzan a surgir los maratones cinematográficos en lugares non santos (es decir, fuera del circuito comercial de cine y que, de hecho, no se trataba de salas de cine), retomando tanto el espíritu subversivo de la escena de las Midnight Movies neoyorquinas en los años 70, como el surgimiento del medio mismo un siglo atrás como espectáculo de barraca, casi clandestino y en condiciones no óptimas... sólo que ahora posible gracias a la docilidad y naturaleza ubicua del videocasete, y después aún más del DVD.


Aunque es importante recalcar que los maratones arrancan como parte del Cine Club de la Facultad de Ciencias de la UNAM, en su Auditorio Alberto Barajas Celis (seguido por otros, como los organizados por Jorge Grajales en el Auditorio José Martí), la legión que le sigue acepta e interviene cualquier espacio dispuesto para convertirlo en sala de cine de arte, cine subversivo y hasta XXX, al mismo tiempo.


Lugares como La Panadería, el cineclub del Hotel Virreyes o los Maratones Cinematográficos en Ex Teresa Arte Actual (organizados por Salvador Cañas), nos hablan de una búsqueda constante de información por parte de los espectadores, dispuestos a cobijar todo tipo de espacio, zona y reverberaciones, mientras la experiencia tenga que ver con el cine marginado por la sociedad, las distribuidoras, las cadenas de cine y las autoridades culturales.


Tomemos como ejemplo ExTeresa Arte Actual, museo que se erige dentro del convento de Santa Teresa la Antigua y monasterio de San José de las Carmelitas Descalzas, construido en 1616 (y que, tras la enclaustración de las monjas en 1863, por ordenes de Benito Juárez, el lugar ha sido usado como cuartel militar, escuela normal para hombres, Universidad de Vasconcelos, imprenta del Diario Oficial y Archivo de la Secretaria de Hacienda, y desde 1983 museo Ex Teresa), en el número 8 de Primo Verdad, en el Centro Histórico de la Capital mexicana.


Con fachada estilo barroco e interiores neoclásicos, la magnitud del lugar mete en un estado especial a sus visitantes (y que es el objetivo final de las iglesias y conventos, a partir de la suma de su arquitectura, luz, sonido y olores). Fue en la capilla del convento donde, durante cerca de 5 años, se realizaron de manera constante maratones que comenzaban en la noche y finalizaban con la llegada del siguiente día. Allí, donde alguna vez se impartió misa, se resguardó armamento o donde el artista del performance Ron Athey y compañeros fueron desangrados en escena, también se proyectaron imágenes crueles, sublimes y/o bellas originadas en celuloide. La vigilia, así, devino ahí en un acto cuasi sagrado de concentración múltiple, en el que la absorción de lo reproducido por el cañón de video en pantalla y la percepción de las reverberaciones arquitectónicas sagradas crearon un misticismo nuevo. El amanecer a través de la cúpula del convento (con el Dios cristiano levitando entre una comitiva sagrada) mientras se expectaba cine (desde La brujería a través de los siglos hasta El cuarto elemento) trastoca el concepto de lo sagrado, y crea nuevos valores, sin duda.


Así, hoy llegamos a una exposición cinematográfica en la que cada cinéfilo y cinéfago parece hacer su propia programación, según sus capacidades, intereses y conocimientos. Los cineclubes parece que han sido agotados por las posibilidades libérrimas del caos en DVD Región 0, y lo que vendrá con el Blu-ray, así como las estratagemas que la piratería esté ideando.


Hoy día, parece que el único impedimento para ver cine es la misma pantalla de cine, pues prácticamente todo puede conseguirse en DVD. Los paganos no tienen problema alguno, pero aquellos que aun cumplimos con la ceremonia de la sala de cine seguimos conociendo el dolor y la incertidumbre.





viernes, 15 de octubre de 2010

Masacre en Xoco: 1a Jornada de Cine de Horror en Cineteca Nacional


Masacre en Xoco
1ª Jornada de cine de horror en Cineteca Nacional




Durante el último fin de semana de octubre de 2010, y hasta el primer día del mes de noviembre, se realizará la 1a Jornada de Cine de Horror en Cineteca Nacional, que estará compuesta por una muy sabrosa exhibición de clásicos de varias épocas en 35 mm., además de un grupo de mesas redondas en las que coincidirán periodistas y profesionales del genero en México.
A continuación el texto de presentación de dicho evento, seguido de la programación. ¡Por nada se lo pierdan!

Hace cien años once minutos en pantalla definieron el nacimiento de uno de los géneros que marcarían al todavía incipiente arte de las imágenes en movimiento. Se trataba de una adaptación al Frankenstein literario, producido por Thomas Alva Edison y dirigida por J. Searle Dawley. Estrenada el 18 de marzo de 1910, abría las puertas a futuras imágenes de pesadilla que a la postre se anidarían en el inconsciente colectivo de los espectadores, quienes enfrentados a sus más primigenios miedos en la pantalla, como una forma también de exorcizarlos, le dieron legitimidad al cine de horror.

Dentro del cine de miedo se han creado importantes críticas y cuestionamientos a la sociedad y sus momentos históricos. El cine de horror a diferencia de otros géneros que tienen periodos de altibajos –modas que se imponen a partir de un título de ruptura o renovación– siempre se ha mantenido constante, tanto en producción como en exhibición, inclusive en ganancias (pues es bien sabido que un filme de género siempre es redituable, como lo dejó constatado Roger Corman en su célebre texto sobre cómo produjo cien filmes sin perder jamás un sólo dólar).

Eso nos lleva al punto medular que ha sostenido al cine de terror durante un siglo: un público fiel que de ser un simple espectador ocasional, se ha convertido, con el paso de los años, en visor especialista que ha desarrollado un gusto y conocimiento no sólo por los títulos de las películas clave de la historia de éste género, sino también por los nombres de los propios autores del género.

Para muestra basta con revisar los universos personales de los consagrados Raimi, Cronenberg, Argento, Carpenter, Romero, Craven, entre muchos otros; así como la de los emergentes, como Alexandre Aja, Neil Marshall, Takashi Shimizu o Jaume Balagueró, que pueden o no gustarle al público, aunque es innegable que han venido a sumar al ejército de “terroríficos”, nuevas generaciones de fans que no dejarán que el cine de terror se olvide, o peor aún, se convierta en subproducto de modas perecederas.

Así, celebrando un siglo de pesadillas y placeres (inaugurado con aquel Frankenstein), y que casi ha pasado de noche durante este año, Cineteca Nacional ha organizado un festejo durante cuatro días en el se pagará tributo a Germán Robles, a H. P. Lovecraft y a un género fílmico vital, con mesas redondas y, por supuesto, proyección en 35 milímetros de clásicos pertenecientes al acervo, para culminar con un maratón cinematográfico, algo inédito en esta institución.

Desde hace 8 años, Cineteca Nacional ha abierto sus puertas al género recibiendo al festival Macabro. No obstante, desde hace 23 años, cuando durante septiembre y octubre de 1987 se proyectó el ciclo El horror al estilo Gore, en Cineteca Nacional no se había realizado un proyecto interno que buscara ofrecer tributo a los monstruos de látex y a la sangre teatrical. El siglo XXI exige cambios, y es tal vez en la víspera de Día de Muertos que éste debe darse.

Mauricio Matamoros Durán / José Luis Ortega Torres


VIERNES 29 de octubre

El barón del terror
(Chano Urueta, México, 1962)
16:00 horas

Mesa redonda Homenaje a Germán Robles
18:00 horas

Rapiña
(Carlos Enrique Taboada, México, 1973)
20:00 horas


SÁBADO 30 de octubre

Mesa redonda Un siglo de horror. 1910 – 2010.

Los ponentes serán los críticos e investigadores José Antonio Valdés Peña y Rafael Aviña, acompañados por el cineasta mexicano Juan Pablo Villaseñor, teniendo como moderador al periodista Mauricio Matamoros e ilustrando con la exhibición de los filmes Edison’s Frankenstein y Frankenstein, de James Whale.
14:00 horas

Frankenstein

(James Whale, Estados Unidos, 1931)
16:00 horas


Mesa redonda Muerto el rey… ¡Qué viva el rey!

Para hablar del tema los periodistas José Xavier Navar, José Luis Durán King, el especialista underground Jorge Grajales y como moderador al investigador José Luis Ortega Torres, con la proyección del filme El descenso, de Neil Marshall.
18:00 horas

El descenso
(Neil Marshall, Gran Bretaña, 2005)
20:00 horas


DOMINGO 31 de octubre

Mesa redonda 120 años de horror cósmico.
Como ponentes los escritores y ensayistas mexicanos Alberto Chimal y José Luis Zárate, acompañados del biólogo Rodrigo Vidal Tamayo, coeditor del sitio web de Revista Cinefagia, y Mauricio Matamoros como moderador. Se exhibirá el filme Marebito, de Takashi Shimizu.
14:00 horas

Marebito
(Takashi Shimizu, Japón, 2004)
16:00 horas


Mesa redonda Perspectivas del cine de terror mexicano contemporáneo.

Con la participación de Jorge Michel Grau (Somos lo que hay), Ulises Guzmán (Virgen de medianoche, Retrato de un vampiro), Julio César Estrada (Cañitas, El libro de piedra) y el especialista en efectos especiales Roberto Ortiz (Km. 31, Bajo la sal), con la moderación de José Luis Ortega Torres y la exhibición del filme Un lugar en el sol, de Arturo Velasco.
18:00 horas

Un lugar en el sol
(Arturo Velasco, México, 1988)
20:00 horas


LUNES 1º de noviembre

MARATÓN DE CINE DE HORROR

El gato de las nueve colas
(Dario Argento, Italia-RFA, 1971)
10:00 horas

Siamesas diabólicas
(Brian De Palma, Estados Unidos, 1973)
12:00 horas

La hora del vampiro
(Tobe Hooper, Estados Unidos, 1979)
14:00 horas

Darkman. El rostro de la venganza
(Sam Raimi, Estados Unidos, 1990)
16:00 horas

Terror y encajes negros
(Luis Alcoriza, México, 1984)
18:00 horas

El despertar del Diablo
(Sam Raimi, Estados Unidos, 1981)
20:00 horas



miércoles, 15 de septiembre de 2010

Micmacs: Un plan de locos

A veces, para celebrar la vida, hay que hablar de lo malo de ella. Jean Pierre Jeunet no tiene problema en hacerlo, sobre todo cuando todos sus discursos terminan haciéndonos disfrutar, por muchas miserias que lleguen a colarse.

Micmacs: A tire-larigot (Micmacs: Un plan de locos, 2009) es la prueba más reciente de esto. En ella, de entrada el autor romantiza y embauca al espectador con Bazil, un protagonista que es encargado de un videoclub, enamorado del cine que recita los diálogos de los personajes de sus filmes favoritos mientras los ve en DVD y se receta una sobredosis de azúcar. Pero su rito es interrumpido cuando una balacera parece salir de la pantalla y se instala afuera del videoclub: de ésta, surge una bala que se aloja en el cráneo de este cinéfilo, para darle una vuelta de tuerca al relato.

Meses después, con su bala en la cabeza (una decisión un tanto azarosa de parte de los cirujanos que lo atendieron), encuentra que su trabajo ya no le pertenece y, por tanto, la única posibilidad parece ser la indigencia. Ahí, entonces, se constituye el personaje prototípico en la filmografía de este realizador francés: un individuo minimizado por el establishment, y quien a pesar de esto saldrá avante.

En su miseria económica y peculiaridad humana (además de su cascabel en el cráneo, se trata de un individuo con peculiar capacidad estratégica, así como para la comunicación a señas), se encuentra con una banda de outsiders que sobreviven con base en el trabajo en equipo, uniendo conocimientos y destrezas peculiarísimas. En ese trance, Bazil recuerda que fue una bala la que lo dejó sin padre, y ha sido una bala la que lo ha arrojado a la calle: ha encontrado entonces un sentido a su nueva vida.

Así, Jeunet inicia un intenso y singular alegato en contra de las armas y la vida que la presencia absoluta de éstas nos ha legado. El filme es un complejísimo y deslumbrante plan maestro para desmantelar el imperio de dos fabricantes de armamento, por supuesto, con base en una barroca forma de pensar y, por ende, de construir las imágenes sobre la pantalla.

Este filme, ha sido estrenado en un reducido número de pantallas de cine del país desde la semana pasada, por lo que desafortunadamente no se le augura mucho tiempo más en ellas. Ojalá se animen a verla, y aprovechando aquí les dejó algo que escribí sobre Jeunet para la revista Cinemanía, hace ya varios meses.




Marginales fueron, tal vez podemos aventurar a decir, las propuestas cinematográficas más indelebles, originales, audaces e impactantes a fines del siglo XX. No se habla comúnmente de una generación cinematográfica de los años 90 del pasado siglo con marcada insistencia; no obstante, autores como John Woo, Quentin Tarantino, Guillermo del Toro, Robert Rodríguez, Álex de la Iglesia, Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro, propusieron la subversión de los cánones cinematográficos como placebo a la transición finisecular, en aquel momento y a pesar de la variedad en sus edades. Todos en sus peculiares intereses y voz autoral, aunque unidos por ideas que en otras ocasiones pudieron parecer pedestres.

Hoy, todos los autores mencionados gozan de cabal vigor artístico, y son vistos ya como los maestros a seguir… habrá que ver si pronto aparece ya una generación de autores emergentes con propuestas renovadoras. Por lo pronto, estos autores continúan proponiendo e impactando.

Como parte de los modernos renovadores del séptimo arte a partir de la subversión, desde niño Jean-Pierre Jeunet deseó hacer cine. Aunque con estudios en animación (donde conoció a Marc Caro) nunca cursó estudios formales de cine, se interesó por historias de personajes marginados, los presupuestos cuasi indigentes nunca fueron obstáculo para desarrollar sus ideas (obviamente, hoy día, sus filmes han costado millones de dólares y euros), creó un cine fantástico alejado del realismo francés –esto último común a la cinematografía de su país natal- y, con excepción de la obra de Francois Truffaut, no gusta de la Nouvelle vague... nada le falta para ser un outsider.



Aunque Jeunet militó en el terreno de lo fantástico y la imaginación francesa desde finales de los años 70 del pasado siglo (bueno, incluso su primer cortometraje, L’évasion, está fechado en 1978), durante la siguiente década es cuando comenzó a ensayar de manera más profesional con la cámara creando diversos comerciales, y construyendo historias en celuloide que a él y a su entonces inseparable colaborador Marc Caro les ganó una buena cantidad de premios en Francia y en festivales alrededor del mundo.

Estos cortometrajes sobresalían por el esfuerzo conjunto de una dupla de artistas talentosos y arrojados. La ciencia ficción distópica a través de visiones urbanas en mundos paralelos, cargados de detalle en los escenarios y el mismo ecosistema encantaba al espectador y mostraban un discurso autoral muy claro, con títulos como L’évasion y Le menège (1980), ambos animados; y otros como Le bunker de la dernière rafale (1981) y Pas de repos poru Billy Brako (1984).

Ahí estaban ya las claves de un filme seminal de la paranoia actual: Delicatessen (1991). Pero un par de años antes, en 1989 y en solitario, Jeunet se abocó a realizar Fouitaises, corto de poco más de 6 minutos en el que vemos su primer encuentro con Dominque Pinon, actor de inolvidable rostro popeyesco y arcilla del realizador. Esta obra es una especie de acta constitutiva en la que a través del actor, Jeunet crea un mundo y una posición ante la vida y el arte a partir de la simple y a la vez elocuente enumeración audiovisual de lo que gusta y no gusta de la vida.

Visto desde esa dicotomía, la vida en manos de Jeunet puede convertirse en materia para el canto y el llanto, algo de lo que hablará en la mundialmente célebre Amelié, un filme que celebra la vida como pocos.

Jean-Pierre Jeunet ha venido a trastocar el orden del cine desde hace un par de décadas. Aunque criticado en ocasiones por tergiversar la realidad con sus idílicos o pesadillescos escenarios, agradecemos, sin duda, su aplomo para proponernos una vida mejor que la vida misma.

jueves, 19 de agosto de 2010

Macabro 2010: Jan Svankmajer

Hoy inicia la 9a edición del festival Macabro 2010 (para consultar la cartelera y diversas sedes, vayan al sitio del festival) y el plato fuerte, sin duda, es la retrospectiva al cineasta checo Jan Svankmajer. Este es un texto que escribí para el suplemento El Ángel, del diario Reforma, y que apareció el domingo 14 de agsoto.



Durante casi un siglo de animación cinematográfica occidental, y ante el poderío mediático de Hollywood, el concepto que el espectador ha adoptado acerca de la animación es el de un simple entretenimiento familiar -especialmente infantil-; por lo común, protagonizado por animales antropomorfos comportándose como humanos idiotas, que deben de resolver un problema y que terminan triunfantes su historia y en medio de una canción y gran fiesta.

La suerte de la animación ha sido parecida a la de la historieta, pues en términos generales se le ha tomado como un simple vehículo de entretenimiento infantil. Pero la realidad es otra, aunque ha sido poco explorada. El cine de Hayao Miyasaki, en años recientes, ha mostrado la riqueza que guarda el medio y su forma. El claro en forma, y complejo en mensaje, cine de Miyasaki no es el único cine de animación que subvierte el concepto generalizado de animación.

Jan Svankmajer es, sin duda, otro maestro de la animación subversiva que ha trascendido la forma y quien con su original propuesta de animación, ha enriquecido el cine en general y ha creado escuela. Aunque Svankmajer posee una carrera en la animación de prácticamente medio siglo, su discurso continúa siendo materia prácticamente de especialistas. En México, sus largometrajes han sido transmitidos esporádicamente por televisión y distribuido en circuitos alternos de DVD y videoclubs. Ahora, por primera vez, podrá verse en cine durante la 9ª edición del Festival Macabro, que incia este jueves 19 de agosto de 2010.

Entre los seguidores de Svankmajer se encuentran maestros contemporáneos de la animación y las artes audiovisuales, como Terry Gilliam, Tim Burton, Dave McKean, Guillermo del Toro y, entre otros, los hermanos Quay, estos últimos quienes a partir de cortometrajes animados muy cercanos al estilo de Svankmajer han creado, ya, un universo totalmente personal.

El universo de este autor, por su parte, se encuentra marcado por dos experiencias que, como él mismo asegura, se trata de dos de los sucesos que en mayor medida marcan la vida de cualquier individuo: la infancia y los sueños.



De filosofía surrealista y desarrollo autoral en medio del mundo comunista, Svankmajer (Praga, 1934) ha encontrado en la animación una forma de transformar la realidad como parte de un acto mágico. Bajo su óptica y destreza el mundo real deviene animación, y lo inanimado cobra vida. La técnica le permite manipular la dimensión, el mundo y los mismos sueños para encontrar una mejor manera de dialogar con ellos.

Previo a su inserción en el cine, Svankmajer se acicala y especializa en arte dramático y marionetas, en lugares tan notables y trascendentes como lo son el Teatro de Máscaras, el teatro multimedia Linterna Mágica y el Teatro Negro, todos en Praga. Tras una experiencia manipulando marionetas para una adaptación fílmica a la ópera Doktor Faust (Emil Radok, 1958), decide aventurarse en la creación fílmica, y es así que realiza su primer cortometraje The Last Trick (1964), donde una competencia entre magos sirve prácticamente como carta de principios de este autor. Ya, la utilización del cuerpo humano como uno más de lo objetos a animar se suma a una edición de detalle casi barroco y hallazgos únicos.

Así, durante los siguientes 25 años, realiza alrededor de 20 cortometrajes en los que las inquietudes surrealistas le dan forma a un discurso dadaista en el que, por igual, incurren los principios lúdicos, inquisitorios y perversos de la infancia; el deseo carnal hasta llegar a terrenos caníbales; así como las variaciones de vida vistas a través del cristal surrealista.

A mediados de los años 60, de hecho, Svankmajer se une al grupo surrealista checo, único activo en todo el mundo, y con el cual finalmente concentra su trabajo en la exploración del surrealismo como una filosofía, no como una simple estética: “El surrealismo ha ido más allá del periodo entre guerras, se trata de un organismo vivo”, como bien ha dicho.



El surrealismo le permite entonces crear un retablo fílmico como obra, en el que igualmente cabe el comentario en contra del sistema en forma de metáfora; pero esto, en las inmediaciones de un gobierno comunista, le legó a Svankmajer un veto durante los años 70, obligándolo a continuar su trabajo únicamente en forma plástica, con esculturas e ilustraciones.

Es ya entrados los años 80, cuando se le permite continuar con su obra, pero con la condición de que se concentre en la adaptación de clásicos de la literatura, para impedirle el comentario política. Pero la opinión acerca del sistema (que no desaparece del todo) es menor y vulgar en comparación con lo logrado por Svankmajer en el terreno estético, dramático y psicológico como un conjunto presente en estas adaptaciones.

A partir de 1988, Svankmajer inicia su trabajo en largometraje con una adaptación al clásico de Lewis Carrol: Alice, en la que el realizador lleva a terrenos inesperados su gramática fílmica, en la que la animación de objetos y seres vivos constituye el redescubrimiento del mundo y sus mensajes, enmarcado en un escenario que mezcla guiñol con el gran guiñol, y que es la vida misma. El mundo de Svankmajer, así, es uno en el que el lenguaje figurado cohabita con el literal. Le siguen una adaptación a Goethe: Fausto (1994), la originalísima Los conspiradores del placer (1996), El pequeño Otik (2000), basada en una leyenda checa, y Lunacy (2006), una pesadilla que abreva de Poe y De Sade.

No es arriesgado ni difícil decir que nada se parece al cine de Jan Svankmajer. En sus manos, los clásicos se transforman en obras propias que exploran la materia de los sueños, y la vida misma como parte de ellos. A partir del viernes 20 de agosto, como parte del Festival Macabro 2010, la mencionada pentalogía podrá ser admirada.

lunes, 26 de julio de 2010

El Topo: Soundtrack


A continuación un rescate hemerográfico, al que parece me hizo falta ponerle algo de carnita, pero que puede servir como preámbulo a la celebración de los cuarenta años del estreno de El Topo.

En 1969, Alexandro Jodorowsky realizó El Topo, en México: se trata de un western atonal con el género mismo y con el cine de aquellos años, en el que el propio artista chileno interpreta a un vaquero errante en un desierto lleno de símbolos y pleno de sucesos y personajes extraordinarios. El Topo era la manifestación misma de la búsqueda existencial de Jodorowsky, y fue así que la fuerza de su discurso logró penetrar de manera radical en una generación de artistas y espectadores que vieron y crearon de distinta forma desde entonces. Desde que este filme se estrenó en Nueva York en diciembre de 1970, sus seguidores han ido desde John Lennon hasta Marilyn Manson.

El Topo, al igual que toda la obra de Jodorowsky, se compone de una serie de ideas y conceptos ricos en matices y enseñanzas producto, por supuesto, de un cúmulo de culturas y disciplinas aprehendidas fabulosamente por el realizador. Así, no extraña que,aparte de la dirección, el guión, los vestuarios y escenarios, la misma composición de la música de esta película haya sido obra del mismo Jodorowsky

A Jodorowsky entre la intensa actividad teatral, periodística, cinematográfica e historietística durante sus ‘años locos’ en México, igualmente se cuenta su participación en la música, como parte y creador de la banda de fusión Las Damas Chinas, en la que el jazz fue el catalizador de mucha experimentación sonora.

Aparte de un disco que en apariencia se trata de un auténtico viaje psicodélico –del cual sé de su existencia, pero que desafortunadamente no he conseguido ni escuchado-, Las Damas Chinas se encargaron de efectuar algunas presentaciones y musicalizar algunas obras del mismo Jodorowsky, como la célebre Zaratustra y de la cual existe un LP que documenta el maravilloso trabajo de esta banda.

Fue hasta La Montaña Sagrada (1972), cuando Jodorowsky se encontró de nuevo con el jazz fusión, de las manos de Don Cherry y Ron Frangipane, quienes junto con el realizador compusieron la banda sonora de dicho filme. Una auténtica rareza. No obstante, antes que éste se encuentra el trabajo que Jodorowsky realizó al lado de Nacho Méndez para El Topo.

Hay obras, en todos los medios y géneros, que remiten al espectador a un momento, a una época, incluso a un estado de ánimo. En lo particular, El Topo es uno de esos trabajos: la fotografía, los rostros, los vestuarios y, por supuesto, la música, hablan claramente de un tiempo y un espacio.

La flauta, a mi juicio… bueno, más bien a mi sentir se trata del instrumento que captura en su totalidad el espíritu de la segunda mitad de los años 60 y la primera de los 70; es decir, cuando el flowerpower y la experimentación psicotrópica, vía la electricidad y los cabellos largos, implicó un cambio de conciencia y actitudes.

Por supuesto que la utilización de la guitarra eléctrica y la batería fueron claves en la evolución del rock durante aquellos años; pero me parece que el sonido de la flauta entonces fue más allá de la importancia musical. Digo, yo escucho este instrumento interpretado por Ian McDonald en los primeros discos de King Crimson, el solo en California Dreamin de The Mamas & the Papas, o su presencia única en Nights In White Satin de The Moody Blues, por nombrar sólo ciertos momentos clave, y virtualmente evoco una época que ni siquiera tuve la oportunidad de vivir.

En fin, El Topo sugiere lo mismo. La presencia de la flauta en este soundtrack me parece trabaja al mismo nivel mencionado, aún cuando los arreglos musicales en el filme pueden remitir ya sea a una banda de pueblo o a un coro de lamas tibetanos, al cine mexicano de las tramas más rurales o al cine más avant garde que algunos años después se desarrollaría.

La flauta, el corno y las percusiones crean un universo particular que le da a este western una autenticidad y una forma única, irrepetible en cualquier filme y, sobre todo, en cualquier otro western.

Los que han visto ya El Topo saben de lo que estoy hablando, y quienes no hayan tenido la oportunidad de verla (podrán hacerlo ya con la distribución del filme masterizado en DVD en cualquier tienda especializada en venta de DVD) los conmino a buscar este trabajo de inmediato.

Existe el soundtrack editado por Apple Records, (efectivamente, el sello de The Beatles), e igualmente una reinterpretación por parte de una banda de jazz llamada The Shades Of Joy. Éste último hace un par de años fue reeditado en Italia. No obstante, si tienen ocasión de adquirir la edición estadounidense del filme en DVD no la dejen del lado, pues en ésta se incluye el soundtrack original (a diferencia de la edición nacional de Optima Films, que no reparó en éste).



viernes, 4 de junio de 2010

Nine Rain y ¡Qué viva México!


Es ya un poco prematuro, pero si alguien lee esto a tiempo, no estaría mal que se dieran una vuelta mañana (Sábado 4 de junio de 2010) a Cineteca Nacional, pues la banda Nine Rain musicalizará en vivo el clásico de Eisenstein: ¡Qué viva México!

Les dejo este texto que escribí en agosto pasado, para el suplemento El Ángel del diario Reforma, cuando Nine Rain presentó este proyecto en el Teatro de la Ciudad.



Pirámides y perfiles mayas que cortan el cielo, sincretismo renovador y revelador ante la cámara de cine, el melodrama incrustado en la Revolución mexicana como preámbulo de una corriente cinematográfica, la fiesta brava como celebración adquirida y culposa, la venturosa historia de una nación dividida entre la civilización y la herencia histórica, son sólo algunas líneas narrativas en ¡Qué viva México!, clásico cinematográfico de Sergei M. Eisenstein.

¿Y cuál es el sonido, el ruido, la melodía, el color musical de todas estas imágenes de carga simbólica, sensual, histórica?

¡Qué viva México!, permaneció muda en su esplendor visual durante prácticamente ocho décadas. Eisenstein no era partidario precisamente de la música en el cine, y no veía razón de por qué a la imagen de una guitarra debía acompañarla el sonido de la misma. Los sonidos los generaba el cerebro a cada nota visual, entonces, aunque no más allá de cada espectador. La banda Nine Rain asumió la tarea y presentó en el Teatro de la Ciudad su acercamiento sonoro a este filme.

La épica detrás de este filme y la mítica que muestran sus imágenes hablan por sí solas. En 1931 el México precolombino se descubrió ante el Nuevo Mundo del siglo XX: el cine. La cámara cinematográfica de Eduard Tisse, y la poesía y búsqueda formal desbocada del genio cinematográfico Serguei M. Eisenstein ante el esplendor histórico de México capturaron imágenes de belleza extrema y que cambiarían el medio cinematográfico aún por aquellos años en búsqueda de su gramática.

Una malograda estancia en los estudios Paramount en Hollywood (un par de guiones rechazados por su naturaleza revolucionaria) llevaron a Eisenstein, Tisse y a su equipo a terminar en México en busca de un filme, aunque seguros de la cantidad monstruosa de material en un país de inmenso bagaje histórico, y con voceros como Orozco, Rivera y Siqueiros.

El resultado fue una gran cantidad de apuntes en celuloide (200 mil pies), una idea concreta y la imposibilidad de terminarla por parte de su autor (ante el llamado de Stalin a su país). Tendrían que pasar años, incluso décadas, para que se lograra un montaje cercano a la idea del director soviético, y ya muerto éste, de hecho.

Y a pesar de que hoy día se trabaja aún en el montaje más fiel a la idea original de Eisenstein (de hecho, es un proyecto que trabaja la Mexican Picture Partnership de Londres, para presentarlo en 2010, en el marco de las celebraciones mexicanas), la música de acompañamiento permaneció como el proyecto olvidado. Nine Rain entra entonces, y sobre el tiempo y el mito comienzan a construir.

Ya desde su proyecto musical de culto y temprano en el crossover más que experimental con Tuxedomoon, el neoyorkino Steven Brown mostró claramente su interés por encontrar las inquietudes del free jazz, con la distorsión y los sonidos e instrumentos de otras culturas. Con Nine Rain, aquella búsqueda parece no serlo más, traduciéndose ya en un acoplamiento prácticamente natural.

Es así que el acompañamiento musical que ahora reviste a ¡Qué viva México! es resultado de una comprensión, estilización y evolución de la música a partir de instrumentos nuevos y antiguos, ya no como experimento, sino como una forma de dialogar con el mundo y comprenderlo.

¡Qué viva México!, de hecho, ya nos hablaba del crossover que desde siglos cercanos venía dándose en diversas culturas y naciones. En México, parece que Eisenstein encontró un ancla hacia el pasado rico y un nexo hacia el futuro por igual; la emulsión del documental, la ficción y la dramatización, igualmente, nos habla de tempranas mezclas.

Así, el esplendor neoclásico del Teatro de la Ciudad se constituye en suntuoso marco para escuchar y ver un mensaje que surge en 1931, y continúa siendo entendible. Una pantalla que levita sobre el entarimado oscuro, y seis músicos sobre éste a punto de dialogar con las imágenes. En pantalla una procesión de indios mayas se encamina hacia sus monumentales pirámides, el cielo es claro y de nubes esplendorosas, un clarinete parece dictar sus formas, percusiones y el denso bajo dan el ritmo de los pasos y los cortes de las imágenes de rostros, pirámides y luz en el cielo. Una fusión de luz y ondas sonoras dan paso al acto cinematográfico concretado, por fin, en ¡Qué viva México!

El clarinete se desliza dulcemente. La jarana mantiene el compás, se encuentra con el clarinete y juntos parecen correr entonces por los parajes de Tehuantepec, los cuerpos de hombres y mujeres que se encuentran en hamacas y sonríen hacia el cielo y hacia el otro se revelan como pautas musicales que encuentran reverberación en la ejecución de los músicos sobre el escenario.

Ya más adelante, el México profundo da paso a las haciendas, a la plaza de toros, al choque de “mundos” y culturas, a la alegría y al drama; el clarinete puede pasar así a la violencia del sax, y viceversa, y la batería, la guitarra eléctrica y ciertos ambientes generados por el teclado electrónico, se constituyen como sonidos naturales de las imágenes. El jazz, la polka, el son, la trova, sonidos prehispánicos, otros provenientes incluso de Medio Oriente se agolpan en frescas formas de interpretar las imágenes.

Brown (sax, clarinete, vocales), Alejandro Herrera (vihuela, requinto jarocho, jarana, vocales), Nikolas Klau (electrónicos, bajo), José Luis Domínguez (guitarra), Daniel Aspuru (teclado, batería) y Oxama (percusiones) crean una banda sonora que evita el lugar común, la respuesta musical esperada ante este “sarape” visual propuesto por Eisenstein. No se preocupan por utilizar o reproducir los instrumentos y el sonido relacionados con las imágenes, con la historia de México y con los prejuicios culturales; se abocan a crear atmósferas y ambientes en línea con lo propuesto por el cineasta, y en ese aspecto parece que encontraron mucha más que lo esperado.

La banda hace uso de ciertos silencios, pausas, incómodos un poco para el público que escucha y observa al momento, pero necesarios como puentes que llevan de un momento a otro: los músicos de Nine Rain no buscaron hacer una pista de hora y media para el filme; sí, en cambio, 22 apreciaciones musicales para los tres capítulos, un prólogo y un epilogo que conforman ¡Qué viva México!, un mosaico, “sarape”, que propone diversos puntos de una nación de perfiles diversos y, por tanto, de gran cantidad de sonidos.

Lo efímero del acto en vivo, sincronización momentánea de imagen y sonido, queda para la historia (y para quienes logren captarlos por su gira). Afortunadamente, bajo el sello de Independent Recordings, está editado ya este soundtrack; resta entonces sacar nuestra copia de ¡Qué viva México!, para evocar y capturar nuevamente este viaje.


jueves, 1 de abril de 2010

Twin Peaks y The Industrial Synphony No. 1: 20 años de sueños, misterios y secretos


Si no mal recuerdo, iba yo en la Prepa 5 cuando fueron transmitidos algunos capítulos de la serie Twin Peaks, por el Canal 4 de Televisa... esto tuvo que ser entonces por 1991 o 1992. Sobre la misma serie había leído ya mucho, había visto ya el capítulo piloto que misteriosamente publicó Videovisa (con el confuso desenlace filmado para el mercado europeo), y Lynch era ya uno de los directores cuya obra me encantaba. Por supuesto, sólo con mi hermano y un par de amigos pude compartir el entusiasmo de dicha transmisión, pues el desinterés colectivo quedó constatado cuando la transmisión de la serie fue cortada antes de que terminarán de pasar la primera temporada. Por aquella época (tal vez, incluso, un poco antes... no recuerdo exactamente) pude ver igualmente la Industrial Synphony No. 1, a través de una copia en VHS que me gané en un programa de radio en Stereo Joven, heroica estación que fue sepultada por proyectos comerciales como Órbita, y la ahora espantosísima Reactor. En fin, aquel momento fue de absoluto esplendor, y estos trabajos me marcaron y, sin duda, fueron igualmente obras que marcaron pauta en las llamadas high y low arts. En las últimas dos semanas se han escrito en diversos medios en inglés varias remembranzas por los 20 años de Twin Peaks, sin duda, el momento en el que se da la transformación total del moderno serial televisivo. Pero, de la mano de este esfuerzo de Lynch, igualmente se encuentra lo logrado por la Industrial Synphony No. 1 poco conocida, y aun menos discutida. Con el texto que aparece a continuación (que lo escribí para el suplementeo El Ángel, del diario Reforma, y que apareció en noviembre del 2009), pago tributo a ambos esfuerzos del maestro Lynch.



El 10 de noviembre de 1989 fue presentada la Industrial Synphony No.1 The Dream of the Brokenhearted, perfomance creado y realizada por David Lynch y Angelo Badalamenti para abrir el New Wave Music Festival, de la Brooklyn Academy of Music Center.

Esta colaboración entre cineasta y músico (que, en 1986, había producido ya la magnífica Blue Velvet) es obra del inconsciente onírico y de la realidad abrazante: con solo dos semanas para prepararla, Lynch y Badalamenti armaron un espectáculo en el que la intérprete Julee Cruise encantó y flotó entre andamios, cables, luces, explosiones y música para arrullar, enamorar y, también, crispar los nervios. Se trata del sueño de una enamorada que ha sido abandonada, una Laura Dern que recibe el último adiós de su amado, Nicholas Cage, aún vistiendo los trajes de su Saylor y Lula en la laureada en Cannes, Wild at Heart, por supuesto de Lynch. Aquel efímero (que tuvo dos funciones en el mismo día, y sería comercializado en VHS al año siguiente, aunque hasta hoy inédito en DVD) no sólo concretó un bello espectáculo de aparentes inconexiones audiovisuales, sino que se convirtió en referente iconoclasta de lo que vendría en el terreno de la imagen y sonido en la transición de siglos. Lynch, se instalaba así en la vanguardia artística, y creando patrones para las generaciones siguientes de creadores audiovisuales. Pero este artista, tal vez sin saberlo, tenía otro as bajo la manga: junto al mismo Badalamenti, y en coautoría con el guionista Mark Frost, concibió un proyecto que vino a trastocar la televisión y, con ello, el arte más popular del siglo XX: su serial Twin Peaks, marcó a una generación e inició una línea artística que hoy día mantiene al serial televisivo estadounidense como una de las narrativas más rentables. Y esta historia comenzó hace 20 años.


Yo maté a Laura Palmer
Al inicio de la última década del siglo XX, una historia paralizó a Estados Unidos y a una buena cantidad de países europeos que la seguían a través de la señal de cable o antena parabólica. Se trataba de la dramática historia de Laura Palmer y Twin Peaks, el pueblo en el que nació, creció y fue asesinada. Laura era un ángel, tan buena como los exquisitos pastelillos de cereza que se sirven en el restaurante típico de tal poblado, y tan bella como la cascada o los inmensos abetos Douglas que definen el lugar. La mañana del 24 de febrero de 1989, su cuerpo fue hallado envuelto en plástico navegando sobre un río; ese fue el suceso que trastocó la vida diaria del pueblo; ese fue el hecho que develó la otra cara de los pobladores, el lado oscuro de America.

Así comenzaba Twin Peaks, una serie televisiva creada por David Lynch y Mark Frost. Aunque esta obra respetaba el formato del serial y el medio televisivo, era una criatura muy distinta a todo lo que se había visto en la televisión hasta aquel momento. Esto fue antes de que existieran series como The Wire, House M. D., Lost, C. S. I., 24, e incluso The X-Files y The Sopranos; antes de que realizadores como William Friedkin, Quentin Tarantino, Bryan Singer, Stephen Hopkins, J. J. Abrams, entre otros, fueran seducidos por el canto de la TV.

Lynch, artista plástico de oficio, desde su debut cinematográfico con Eraserhead en 1977, impactó la escena con una propuesta visual y narrativa en la que la lógica de los sueños y el peso de los símbolos trazaban una galería de imágenes extraordinarias, y cuya historia se rige en base a estas. La importancia de esta obra provocó que el entonces novel cineasta fuera cazado por Hollywood, logrando en menor o mayor medida obras de autor dentro de tal engranaje (The Elephant Man, Dune y Blue Velvet). Fue hasta con Twin Peaks, sin embargo, que se dio un verdadero encontronazo entre este autor y el llamado mainstream.


Un agente común a Lynch y Frost fue quien les propuso crear un proyecto para televisión en 1986. Un simple crimen misterioso en un pueblo pequeño en el Noroeste de Estados Unidos fue el germen del proyecto, y después se pensó en desarrollarlo en los años 50. Aunque esto último no concretó, sí marcó el especial ambiente y look de la serie, que parece desarrollarse en un tiempo raro, contemporáneo aunque con tendencias de momentos pasados. Cuando Lynch le explicaba a Frost su concepto, un movimiento de manos describiendo el viento en el bosque como algo central a la historia le hizo saber que se trataba de algo especial.

Tras una huelga de guionistas y seis meses de haber presentado el proyecto por vez primera a ejecutivos de la ABC, Lynch y Frost fueron llamados de nueva cuenta para darles luz verde y comenzar el proyecto, así tras algunos meses de casting y preproducción, con la grabación del capítulo piloto en invierno de 1989.

El misterio presentado por Lynch y Frost arrancó, como se ha mencionado, con el descubrimiento del cadáver de Laura Plamer; pero éste en lugar de irse resolviendo se fue enrareciendo, conforme la historia penetraba más en sus personajes, en los motivos de estos, y mientras Lynch, una vez más, nos mostraba que el American Way of Life no es más que una patraña.

La historia de Twin Peaks, de un aislado drama en un pueblo pequeño y alejado se convirtió en el infierno de mentiras y crímenes de toda una nación... y el resto del mundo que se interesó en sintonizar su señal. El rostro de Laura Palmer (Sheril Lee) era tan hermoso, que hacía imposible su estado inmaculado y, por el contrario, escondía todas las culpas y perversiones de su sociedad, compartiéndolas y propagándolas. La historia de Laura Palmer y su ecosistema, llena de excesos y violencia, parece que llevó a la madurez a la televisión estadounidense, de forma salvaje y cruda, pero la hizo abrir los ojos.


Todos somos Laura
No extraña que la Reina de Inglaterra se haya disculpado con Paul McCartney, por preferir ver un capítulo de Twin Peaks en lugar de asistir a la actuación que el músico dio en honor de la realeza (según recuerda el propio Badalamenti le contó el mismo McCartney). No extraña que toda una nación se paralizara prácticamente todas las noches que transmitían el episodio de Twin Peaks, pues querían conocer la razón del trágico destino de Laura Palmer y el rostro de su inmoral asesino. No extraña que se popularizara una playera con la leyenda “I Killed Laura Palmer” (Yo maté a Laura Palmer), ante la desesperación de no conocer al culpable e, igualmente, compartir la culpa que los consumía.

Cuando el infanticidio fue revelado, y con ello se abrió la caja de Pandora en la serie, la televisión ya no fue la misma entonces. Twin Peaks mantuvo su desarrollo en una localidad del Planeta Tierra, pero las reverberaciones crecieron hacia lo onírico, lo fantástico, lo paranormal y la historia de nuestras vidas. El relato de un demonio asesino que asola el lugar desde generaciones atrás, como manifestación del mal que puede tomar diversas formas, continúa siendo un momento inolvidable de la TV, entonces un medio renacido. El increíble elenco, compuesto tanto por rostros jóvenes y bellos, como por nombres importantes del cine y la TV, creó igualmente una imagen indeleble de la serie.

En abril de 1990 se transmitió el capítulo piloto de Twin Peaks, dirigido por Lynch, y coescrito por él y Frost; a éste siguieron dos temporadas con 29 capítulos en suma, hasta junio de 1991, en los que la dupla creativa compartió la escritura y la dirección con otros talentos, como la misma actriz Diane Keaton. Durante el año tres meses que duró la serie, el público televidente se vio inmerso en sueños, misterios y secretos.

Un año después, en 1992, se estrenó Fire Walk with Me, filme en el que Lynch develó las tortuosas últimas horas de vida de Laura Palmer, como complemento a la serie. Y aunque este se trata de un filme digno del talento de Lynch, su fracaso en la taquilla parece indicar que el público no quería respuestas, sino continuar con los misterios. Hace 20 años, Lynch impactó a la par al mainstream y a la vanguardia artística; aunque eso aun hoy parece un misterio, el nivel de muchos seriales televisivos actualmente nos habla de una realidad: de la evolución que la visión de Lynch catalizó.